sábado, 20 de octubre de 2018

El día que conocí a Pere Gimferrer

Adusto vetérrima escultura qué sinsabor
de otorgar la estirpe; diderotiano ser
apenas aseguras un andar
solitario entre la gente.
Es un volver a la acicalada sala
que acongoja al jovencísimo que ausculta:
pero mido la amargura de tu acierto
y tu explosión tranquila de sapiencias.

¿Qué haces ahora, tras el título
y el nombre? ¿Qué desvistes?
¡En qué profunda travesura de palabras
se retuerce tanta furia de otros años!

Y tu atenta consorte, reina más que tú
y más sabia
se resiente
a indicar, y se deshilvana en sonreírme.
Ella dice suspirar tras un mito, gafudo y entrajado
apenas ya de viernes que no es nada.

Pero aún aguardé tras esa puerta tu cesáreo saludo
y compré --o mejor, mis padres pagaron--
un libro de nuevo que será el único en el año.

Y te di aquél con un temblor absurdo de venderte
y entendí el odio de una firma. Ya me quedan
tus poemas buenos
y tu mirada de ayer, y tu distancia.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Poema de domingo

Resfrío la calor por claraboyas
menguantes siempre eternas
malvestidas de alcayata:

qué prudentes tus caricias
y tu andar tan bello
a oscuras pensando
¡si es tan de mañana!

Qué inmóvil es tu sonar
por mis alturas
y qué agradable
el vecindario, sus sales.

Hoy descansa la yerba que no existe
y el pajarillo callado se conmueve
de observar mi raro desperece
y mis intentos -vanos-
de pensar en grandes obras.

Qué lento el almohadón y los pijamas,
la comida suave, el esternón herido;
tranquila, tu mirada huidiza
se encierra en este bosque tan pequeño.

No tiene que temer la garza al ciervo
que tras della va y en su ardor se detiene:
en busca de virtud entre tus miembros;
se baña en su candor y se desmaña...

Y la vela y la conmueve con su abril
macilento
y resistente. Así yo.

Y si por cubrir tu vientre con mi espalda
he de volver, como una flor, hasta tus labios...
Si he de escuchar tu silencio en los pasillos,
o tu temprano sueño, o tu escafandra
de verdad...
Seré el más fiel oyente
y la más herida roca de tu espera
y aguardaré tu mañana de palabras.

martes, 5 de junio de 2018

É a minha maneira de estar sozinho.


Não tenho ambições nem desejos
Ser poeta não é uma ambição minha
É a minha maneira de estar sozinho.
Pessoa


Afuera el jardín. La muralla invita
al viajero inadvertido, vestida de la hiedra
que detiene su crecer hacia un sol que se aproxima,
por primera vez en varias semanas, y baña
como una criatura misteriosa estos pelos revueltos.
La tranquila hierba recibe un agua que era propia
con la ávida lengua verde y el alivio de la noche entera recordando.

El ágata maciza, el gallo de mil crestas nos vigila;
la salida de la dulce estrella que no hiere--no aquí,
no todavía. Canta tanto amanecer que se detiene
como un lago de memoria a contemplarnos.

Aún no sé cómo llegué a este lugar: las sábanas más finas,
las ventanas amplias, la luz que no conoce más rincón
que el de los cuerpos. Así, me doy conciencia y me separo
al tiempo que expando mi ser por la borrosas pupilas.

(...)

De mis manos nacen otras que no entiendo
y sin embargo no me atrevo a desasirlas.
Mis labios secos y mi boca amarga, curiosamente respondidos
por una mirada débil y alegre,
tal vez poco consciente de estas cosas. La piel que se despierta
temerosa de romperse entre nosotros, el cuerpo
que se mueve por sí solo, frente a mí, tan poco mío,
como un fantasma de verdad entre cansancios.

Es difícil relatarse. Mi cabeza empieza a chapotear
en los destrozos de la noche. Mi cuerpo, antes receptor
de la química del mundo por sus poros, ahora intenta
liberar sin éxito lo que ha quedado: Mi frente es un muro
contra el que intentan huir las cosas no mías.

Me saco de mí para volver a lo presente: El cuerpo que he formado
con mi cuerpo, las manos que no son mías y aún así tienen mi forma
y un ardor tranquilo:
El agua del dolor calma la sed nueva de constancia.

(...)

Salgo y vuelve el aire y el sonido eterno del cristal que se deshace
y cae al suelo en golpes sordos. A veces finjo no oírlo,
¡pero qué alta es la verdad en estas horas! Mi cabeza ha vuelto
a la mañana torpe y al usual desliz--soy una marisma
alfombrada de derrotas.
Pero tal vez la tarde o la vigilia, la verdad tranquila e indecible,
el rincón aquel, el parque lejano en el que, dices, paseas a veces;
este sitio en el que tiendo mi pequeño ser de huesos y ojeras
enhebrando en mis pestañas un abanico de mentiras.
Este alma que acompaña
cosida al hígado y al pulmón y con que conhiere
lo único palpable de esta fiesta:

mi juventud devuelta y mi deseo.


miércoles, 2 de mayo de 2018

Primavera lejana

El aire húmedo que anega
lás águilas del cielo y la razón tardía;
la espera que no aguanta, el horizonte
que ya no se vislumbra (no hay mar 
en esta isla vacía). Un violonchelo
antiguo de vivir, ya violagambista, 
huye de este sitio: la madera sabia 
conoce este afajo antiguo, hoy ajado,
de su talud hacia el mango. Sabe de estas nubes,
de esta triste agonía del sol a plena tarde:
del asco y la migraña, del barro en el alma,
del grito triste de un borracho, arco en ristre
y vientre tenso.

Aquí sólo quedamos los sordos,
los inútiles, los malos artistas. Los vencejos
tuertos, los hombres que apenas se permiten
el dolor en estos meses; la dureza recordando
el material del tiempo, las manos rotas.

sábado, 28 de abril de 2018

Alquileres

Se buscan fieras que se extiendan como un líquido cristal a las afueras.
No hace falta la verdad: sólo una liturgia de palabras,
la travesía amena de lo raudo.
Pero los hay que no avalan estas virtudes,
y aún olvidan pagar las añoranzas. Y dicen
que en verdad tras de la tierra no se entiende cómo es posible
la alegre voz entre los sótanos. 

Vivir, se entiende, no es en sí una victoria. Al fin, sobrevivir:
la acción determinada de aguantar el rostro del águila acercándose,
a la roca atado, apenas comprendiendo cómo se esfuerza el impulso
por salir adentro, por enterrarse tan visible en la raíz que lo condena.

Y soñando con un pájaro: No yacer sino elegir el aire,
dejar o no pedir lugar, el láudano fluyendo como un tigre amarillo y rojo
por un campo blanco surcado de mil barcos. Ya derriban este café,
amenazan con la destrucción del teatro, ya violentan la plaza, 
el callejón, el edificio de ladrillo anciano y verdecido. Y cuánto, se preguntan,
cómo está esto, qué se saca, qué se obtiene, cómo se desangran los ladrillos y las piedras,
cuántos caben en esta esquina, cómo conviene apilar los cadáveres más jóvenes.

Tal vez sea posible alimentar el ansia con más ansias, el vuelo con el peso 
de una tierra sucia, estercolada, el aire con cimientos de locura,
el líquido con la grana, la belleza con la imagen, el grito con una leve sentencia de clausura;
un gélido espejo de memoria en los zaguanes.

lunes, 23 de abril de 2018

Mi librero

Está frente por frente a la Bodega Manzanilla, pero de cuando en cuando cierra la librería y se muda a la esquina, a Los Claveles, a tomarse un vermú o una cervecita. Supongo que estará enfadado con los vecinos, de ahí que cruce la esquina en lugar de tomar la línea recta hacia el aperitivo. O tal vez piense, como yo pienso, que la caña de Los Claveles es mejor que la de la Bodega, por fría. En cualquier caso, siempre está en un sitio o en otro. A las dos cierra y a las cinco abre, a veces se queda dentro, leyendo o sin labor aparente, pero con la puerta cerrada. Tal vez sea de los que dormitan con los ojos abiertos, por aquello del reposar.

Yo ya me conozco sus hábitos y me acerco a horas bien medidas. Es de lo que más respeto yo, los hábitos. Cuando está con la cerveza, me pongo al lado y me pido una yo mientras se termina la suya y se dirige, con un porte más de tendero que de vendedor de huidas, a reabrir la tienda. Solemos acercarnos pocos: algún viejo profesor, una señora mayor con la piel blanquecina y aspecto delicado y elegante, un guiri curioso que pretende ojear mientras se regocija en el polvoriento desorden y los tonos oscurosapenas hay luzde los muebles...

Mis amigos, cuando me han traído o los he llevado, suelen quejarse por el desorden. Uno agradece la de títulos de Gredos que hay. Busca al ciervo medievalísticamente y el desorden apenas le es relevante. Es verdad que en la de Boteros está todo clasificado y filtrado. Aquí parece que el señor librero compra cajas al peso y apenas las vuelve a tocar, clasificando los libros por géneroel Mio Cid siempre en todos lados, entre teatro y poesía, entre narrativa y cajas por ordenar, en un mostrador, escondido tras una estantería con las obras completas de Pemán o algún franquista ya irrelevante...

Tienen razón, a medias. Si bien no es fácil encontrar un libro concreto (quién lo busca cuando va a este tipo de lugares), el curioso se ve obligado a investigar títulos que le suenan, autores de los que ha oído hablar, por referencias de alguno, por críticas, tal vez por su carácter de imprescindible, mientras otea las estanterías con algo de enfermizo en la mirada. El librero, de una manera más autoritaria que enciclopédica, se permite en esta colocación, inclasificable, de títulos y autores, aconsejar y confundir la mente del que se asombra por los libros cosidos, intonsos, o con tintas rojas y negras en los títulos. Al lado de una edición, malísima, de la poesía de Browning, cosida aún peor, traducida horriblemente, pero con las tapas moradas y brillantes, el astuto librero decidió otorgarle un puesto a Mihail Sebastian y su El accidente, una edición relativamente nueva, sucia, nada interesante más allá de su puesto en la estantería, codo a codo con un maestro victoriano. Cojo ambos y me acerco a pagar al mostrador, aunque es más bien un escritorio. El librero, cobrándome con desgana, sabiendo que vender libros es un acto profundo de desgarramiento de lo propio, o tal vez por continuar con su personaje de librero de viejo arisco y desapegado, o tal vez por desgana verdadera (pero esto último lo dudo mucho), me dice: a la derecha de ese está la Sonata de primavera. El otro día te llevaste Divinas palabras, ese te va a gustar. Van todos en tu línea.

Me gustaría decir que lo miro con sorpresa, pero es mentira. Dejo caer que el presupuesto no me llega para los tres y obtengo un ''vale, te lo guardo para la semana que viene''. De descuento, nada.

lunes, 16 de abril de 2018

Escena. Tarde de Feria

Y te hablé de la luz y del albero.
Y tantas tardes te decía que el aire de aquí
embriaga por las noches y confunde.

Aún así, ya todo claro,
el rubor de la distancia detenido como un grito
y un veloz aprendizaje de los tonos de la vida.

Tú, un pintor, óxido en paleta e inconteniblemente asombrado
por lo encontrado al fin, por la obra grandiosa de sus manos toscas,
hiciste de este traje una nostalgia futura de volantes.
Y el giro rápido, una mirada secreta mientras otros parlotean,
los dos diciendo con los ojos mientras sonreímos al frívolo interlocutor.

La verdad en una tarde, esta soledad tan limpia entre el gentío,
soledad nuestra entre lo público, lo inmenso, soledad
tranquila de tenernos, movidos por el aire
con la certeza de la vida.

viernes, 2 de marzo de 2018

Poema de Cuaresma

A A.P.F.

Aún hay sillas que se cierran con fervor inesperado
cuando la charla inane se deslee en este agua de gentío.
El sonido ajeno, una amargura sola que pretende
en blanco sudor no recordar un momento sólo; 
más que andando, más que siempre la noticia 
de otro año en esta tierra no tan leve, no tan ancha.

¡Cuidado! Aún hay flores que renacen
en los rincones más oscuros. Las hay que dan vida sin vida
a este hogar de la primavera. Interrupción del alma
en una calle. El cuerpo asiente meditante. Es un olor
de plaza joven y tranquila en el jolgorio. Un grito a veces.
El mar siempre tan lejos, y sin embargo. ¿Cuántas primaveras
recoge el azahar de un sol así dormido? Que despierte el paso,
ya llega. Silencio. La luna se asoma. Avisa, que viene. 

lunes, 26 de febrero de 2018

soy como marta sánchez pero en posmoderna

El lugar al que llamo España
morirá cuando regrese a él. El último día
de España cerraré con llave la puerta de mi casa
en este bosque de Reading  y me iré
a la física tierra del dracma antiguo y las pesetas;
triste memoria rota de mi país en el alma.
Al mar manchado de petróleo y a la luz tan escanciada
de la corrupción y las angustias. Allí también
el alquiler y la inquina, los trabajos nocturnos
y la infinita paciencia de las horas. La llegada con los libros
sin leer, ligándome a la vecina a cambio de sus apuntes. Los emails
pidiendo una extensión en la entrega. También serán allí,
en mi país ya roto por la experiencia. Quedará el sol
con su mentira redonda y limpia,
y aunque en flores se avecine el fruto del verano,
el Hexágono beberá latente de la muerte que sestea;
el azahar será marchito por un calor de vida que acongoja.
...
Yo recuerdo mis paseos de bicicleta en los jardines
con un libro corto de Manuel o de Alejandro en la mochila
para luego no sacarlo al ver al chico levantando el brazo con un gesto
que Diego de Silva, ya más tarde, crucificaría en otro sitio.
Las fronteras de este mar de primavera
son de un hierro forjado en flores y alientan el paso a los cuerpos dúctiles para que se derramen
por las fuentes agotadas tras la tapia del Alcázar. En ellas he guardado
la visión de la patria.
Pero aún tacharé todo y volveré a este poema 
cuando me llame el frío;
cuando la España que creé
supere a la de Dios con desmesura. 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Margaret.

Y aún Margaret no sabía mucho acerca de la capacidad humana para el cambio. Tenía una estricta perspectiva de sí misma como una pre-diseñada mujer de mediana edad sin mayor ambición por ser otra cosa en su vida. Tenía borrosos recuerdos juveniles; apenas podía imaginarse de otra manera que sujetando persistentemente un bolso con una aburrida flor de tela por broche.

Estaba esperando en la parada del autobús ante una lluvia densa. Repetía este ritual de la espera todas las tardes de martes, ya que servía comida a los pobres a las ocho. «Pobre gente, qué malas decisiones ha tomado en la vida», solía decirse mientras les llenaba los platos con una sonrisa beatífica. El bus iba tarde. La garganta de Margaret empezaba a quejarse y su dueña la escuchaba con terror; pocas cosas tan horribles como pillar un resfriado.

El bus llegó tal así como la muerte y, feliz para siempre, Margaret pagó lo que, según  juzgaba ella, era un  escandalosamente caro billete («Siguen subiéndolo, ¿eh?», le soltó al impasible conductor mientras le deseaba los más terribles sufrimientos) y se sentó al final del todo. Entonces, con calma, eliminó el insoportable pensamiento repitiendo en su cabeza la alineación de los Lakers. Normalmente le llevaba unos dos minutos que disfrutaba con inmenso regocijo, y cada vez que había un nuevo fichaje lo trataba de memorizar con placer, tardando el mayor tiempo posible, hasta luego unirlo, en su debido lugar, a la lista de jugadores del equipo de Los Ángeles.

Después de la «cosa mía con los pobres estos», como ella solía llamarlo en la relativa intimidad de su cabeza, cogió el autobús de vuelta hasta llegar a casa. Su marido estaba preparando la cena y tenía la mesa puesta. Ella le dio un beso y él sonrió. Cenaron, se contaron el día: él le refirió una historia de un compañero que se iba a divorciar de su mujer, un asunto de cuernos, que Margaret escuchó con deleite. «Terrible, terrible» iba diciendo, masticando cada palabra. De vez en cuando preguntaba: cómo la había descubierto, quién era el otro, cuánto tiempo llevaban…Quería saber los detalles más escabrosos y así crear una imagen deliciosa en la que el placer y el deseo provocan el desastre mayor en un matrimonio de clase media que parecía funcionar a la perfección. «Estas parejas de hoy día…» terminó suspirando.

Su marido la miró, preguntándose cómo era posible que ellos no fueran una de esas ‘’parejas de hoy día’’. No quiso contradecir a su esposa, al fin y al cabo, daba un poco igual que fueran parejas de hoy día o de lo que quisiera ella, mientras estuvieran contentos. Y lo estaban, joder que si lo estaban. Los niños uno con trabajo y el otro con la universidad  ya terminada, y luego estaban Margaret y él que, a decir verdad, no les iba nada mal. Follaban, salían un día a la semana, ambos trabajaban y tenían más que suficiente para vivir… Parecía increíble, hoy día.
Cuando salió de esas ensoñaciones, Margaret había recogido la comida y estaba poniendo los platos en el lavavajillas. Le temblaban las manos. De pronto sentía una suerte de muro que la rodeaba. Respiró. Kobe Bryant, Derek Fisher, Rick Fox, Devean George, A. C. Green (las iniciales las decía ‘‘ei. si’’, que sonaba muy a inglés en su cabeza), Ron Harper, Robert Horry…


De pronto se le cayó un plato y su marido, amablemente, la ayudó a recogerlo. Milagrosamente, no se había roto. Él dijo: «Qué suerte» y luego se fueron a dormir.

jueves, 19 de octubre de 2017

it is ileventuentifai (Poem in English)

Thus machine brought thy joyful spirit;
thou wert not made, but rather, created.
With the veins of your hands designed to be pricked
and punched
and maybe overflown
the mirror of thy activity engendering thy selfe.

A bit forlorn, a much unrested,
amidst thy fear
thou wert infested (lol the silly rhyme is hence avoided)
It is not the synthetic tears (we must say colirio here allow my roots to grow)
of this tremens
or the beautiful rain that risks my life
and it is neither the resolution of my body
(always awakened and unready)
nor the the wrongful ways I tend to experience.

This verse aframed for it's lasciviuos
and God who rests and understands
(forgives but not forgets,
loves but set us free)
unconceivable conceits within my spirit
which is at same a body and soil to feed
the wonders of the souls who lost their hunger
and wander, far apart, as if they happened.

viernes, 5 de mayo de 2017

He decidido esconder mis poemas. Seguiré escribiendo hasta que estos sean buenos y, entonces, tal vez tampoco los suba a ningún lado.