sábado, 25 de noviembre de 2017

Margaret.

Y aún Margaret no sabía mucho acerca de la capacidad humana para el cambio. Tenía una estricta perspectiva de sí misma como una pre-diseñada mujer de mediana edad sin mayor ambición por ser otra cosa en su vida. Tenía borrosos recuerdos juveniles; apenas podía imaginarse de otra manera que sujetando persistentemente un bolso con una aburrida flor de tela por broche.

Estaba esperando en la parada del autobús ante una lluvia densa. Repetía este ritual de la espera todas las tardes de martes, ya que servía comida a los pobres a las ocho. «Pobre gente, qué malas decisiones ha tomado en la vida», solía decirse mientras les llenaba los platos con una sonrisa beatífica. El bus iba tarde. La garganta de Margaret empezaba a quejarse y su dueña la escuchaba con terror; pocas cosas tan horribles como pillar un resfriado.

El bus llegó tal así como la muerte y, feliz para siempre, Margaret pagó lo que, según  juzgaba ella, era un  escandalosamente caro billete («Siguen subiéndolo, ¿eh?», le soltó al impasible conductor mientras le deseaba los más terribles sufrimientos) y se sentó al final del todo. Entonces, con calma, eliminó el insoportable pensamiento repitiendo en su cabeza la alineación de los Lakers. Normalmente le llevaba unos dos minutos que disfrutaba con inmenso regocijo, y cada vez que había un nuevo fichaje lo trataba de memorizar con placer, tardando el mayor tiempo posible, hasta luego unirlo, en su debido lugar, a la lista de jugadores del equipo de Los Ángeles.

Después de la «cosa mía con los pobres estos», como ella solía llamarlo en la relativa intimidad de su cabeza, cogió el autobús de vuelta hasta llegar a casa. Su marido estaba preparando la cena y tenía la mesa puesta. Ella le dio un beso y él sonrió. Cenaron, se contaron el día: él le refirió una historia de un compañero que se iba a divorciar de su mujer, un asunto de cuernos, que Margaret escuchó con deleite. «Terrible, terrible» iba diciendo, masticando cada palabra. De vez en cuando preguntaba: cómo la había descubierto, quién era el otro, cuánto tiempo llevaban…Quería saber los detalles más escabrosos y así crear una imagen deliciosa en la que el placer y el deseo provocan el desastre mayor en un matrimonio de clase media que parecía funcionar a la perfección. «Estas parejas de hoy día…» terminó suspirando.

Su marido la miró, preguntándose cómo era posible que ellos no fueran una de esas ‘’parejas de hoy día’’. No quiso contradecir a su esposa, al fin y al cabo, daba un poco igual que fueran parejas de hoy día o de lo que quisiera ella, mientras estuvieran contentos. Y lo estaban, joder que si lo estaban. Los niños uno con trabajo y el otro con la universidad  ya terminada, y luego estaban Margaret y él que, a decir verdad, no les iba nada mal. Follaban, salían un día a la semana, ambos trabajaban y tenían más que suficiente para vivir… Parecía increíble, hoy día.
Cuando salió de esas ensoñaciones, Margaret había recogido la comida y estaba poniendo los platos en el lavavajillas. Le temblaban las manos. De pronto sentía una suerte de muro que la rodeaba. Respiró. Kobe Bryant, Derek Fisher, Rick Fox, Devean George, A. C. Green (las iniciales las decía ‘‘ei. si’’, que sonaba muy a inglés en su cabeza), Ron Harper, Robert Horry…


De pronto se le cayó un plato y su marido, amablemente, la ayudó a recogerlo. Milagrosamente, no se había roto. Él dijo: «Qué suerte» y luego se fueron a dormir.

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