sábado, 28 de abril de 2018

Alquileres

Se buscan fieras que se extiendan como un líquido cristal a las afueras.
No hace falta la verdad: sólo una liturgia de palabras,
la travesía amena de lo raudo.
Pero los hay que no avalan estas virtudes,
y aún olvidan pagar las añoranzas. Y dicen
que en verdad tras de la tierra no se entiende cómo es posible
la alegre voz entre los sótanos. 

Vivir, se entiende, no es en sí una victoria. Al fin, sobrevivir:
la acción determinada de aguantar el rostro del águila acercándose,
a la roca atado, apenas comprendiendo cómo se esfuerza el impulso
por salir adentro, por enterrarse tan visible en la raíz que lo condena.

Y soñando con un pájaro: No yacer sino elegir el aire,
dejar o no pedir lugar, el láudano fluyendo como un tigre amarillo y rojo
por un campo blanco surcado de mil barcos. Ya derriban este café,
amenazan con la destrucción del teatro, ya violentan la plaza, 
el callejón, el edificio de ladrillo anciano y verdecido. Y cuánto, se preguntan,
cómo está esto, qué se saca, qué se obtiene, cómo se desangran los ladrillos y las piedras,
cuántos caben en esta esquina, cómo conviene apilar los cadáveres más jóvenes.

Tal vez sea posible alimentar el ansia con más ansias, el vuelo con el peso 
de una tierra sucia, estercolada, el aire con cimientos de locura,
el líquido con la grana, la belleza con la imagen, el grito con una leve sentencia de clausura;
un gélido espejo de memoria en los zaguanes.

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