lunes, 23 de abril de 2018

Mi librero

Está frente por frente a la Bodega Manzanilla, pero de cuando en cuando cierra la librería y se muda a la esquina, a Los Claveles, a tomarse un vermú o una cervecita. Supongo que estará enfadado con los vecinos, de ahí que cruce la esquina en lugar de tomar la línea recta hacia el aperitivo. O tal vez piense, como yo pienso, que la caña de Los Claveles es mejor que la de la Bodega, por fría. En cualquier caso, siempre está en un sitio o en otro. A las dos cierra y a las cinco abre, a veces se queda dentro, leyendo o sin labor aparente, pero con la puerta cerrada. Tal vez sea de los que dormitan con los ojos abiertos, por aquello del reposar.

Yo ya me conozco sus hábitos y me acerco a horas bien medidas. Es de lo que más respeto yo, los hábitos. Cuando está con la cerveza, me pongo al lado y me pido una yo mientras se termina la suya y se dirige, con un porte más de tendero que de vendedor de huidas, a reabrir la tienda. Solemos acercarnos pocos: algún viejo profesor, una señora mayor con la piel blanquecina y aspecto delicado y elegante, un guiri curioso que pretende ojear mientras se regocija en el polvoriento desorden y los tonos oscurosapenas hay luzde los muebles...

Mis amigos, cuando me han traído o los he llevado, suelen quejarse por el desorden. Uno agradece la de títulos de Gredos que hay. Busca al ciervo medievalísticamente y el desorden apenas le es relevante. Es verdad que en la de Boteros está todo clasificado y filtrado. Aquí parece que el señor librero compra cajas al peso y apenas las vuelve a tocar, clasificando los libros por géneroel Mio Cid siempre en todos lados, entre teatro y poesía, entre narrativa y cajas por ordenar, en un mostrador, escondido tras una estantería con las obras completas de Pemán o algún franquista ya irrelevante...

Tienen razón, a medias. Si bien no es fácil encontrar un libro concreto (quién lo busca cuando va a este tipo de lugares), el curioso se ve obligado a investigar títulos que le suenan, autores de los que ha oído hablar, por referencias de alguno, por críticas, tal vez por su carácter de imprescindible, mientras otea las estanterías con algo de enfermizo en la mirada. El librero, de una manera más autoritaria que enciclopédica, se permite en esta colocación, inclasificable, de títulos y autores, aconsejar y confundir la mente del que se asombra por los libros cosidos, intonsos, o con tintas rojas y negras en los títulos. Al lado de una edición, malísima, de la poesía de Browning, cosida aún peor, traducida horriblemente, pero con las tapas moradas y brillantes, el astuto librero decidió otorgarle un puesto a Mihail Sebastian y su El accidente, una edición relativamente nueva, sucia, nada interesante más allá de su puesto en la estantería, codo a codo con un maestro victoriano. Cojo ambos y me acerco a pagar al mostrador, aunque es más bien un escritorio. El librero, cobrándome con desgana, sabiendo que vender libros es un acto profundo de desgarramiento de lo propio, o tal vez por continuar con su personaje de librero de viejo arisco y desapegado, o tal vez por desgana verdadera (pero esto último lo dudo mucho), me dice: a la derecha de ese está la Sonata de primavera. El otro día te llevaste Divinas palabras, ese te va a gustar. Van todos en tu línea.

Me gustaría decir que lo miro con sorpresa, pero es mentira. Dejo caer que el presupuesto no me llega para los tres y obtengo un ''vale, te lo guardo para la semana que viene''. De descuento, nada.

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